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Especial: La familia cubana del siglo XXI

Nos embarcamos en el difícil reto de juntar criterios, visiones, opiniones compartidas o no, sobre los modos en que se estructuran, viven y conviven las familias cubanas en el siglo XXI

Biblioteca digital: letras para pensar

La letra corta pone a su disposición una amplia biblioteca digital con relevantes textos que contribuyen al análisis y al debate crítico

Che: eterno hereje

La letra corta rinde homenaje a un hombre imprescindible en la historia nuestroamericana, a un eterno hereje, en el 50 aniversario de su asesinato

7 de octubre de 2017

¿Cuán felices son las personas en Cuba?

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Por Redacción IPS Cuba

¿Son felices los cubanos?, fue la pregunta que intentó responder un espacio de debate donde varios especialistas y el público asistente reflexionaron sobre los factores para que las y los ciudadanos se realicen de manera plena a nivel individual y social en la nación. “La pregunta de si somos felices aquí podría hacerse en cualquier lugar del planeta”, indicó el psicólogo y sociólogo Ovidio D’Angelo, uno de los integrantes del panel efectuado el 15 de septiembre en el Aula Magna del Centro Cultural Félix Varela, de la Arquidiócesis de La Habana. En el encuentro de reflexión y debate trimestral En Diálogo, organizado por la revista Espacio Laical, participaron además como ponentes el ensayista e investigador Dmitri Prieto Samsónov y el psicólogo, profesor y presentador del programa televisivo “Vale la pena”, Manuel Calviño.

Para D’Angelo, lo más proactivo es “plantearnos cuales serían las cotas mayores de felicidad colectiva que podríamos alcanzar con ciertas reformulaciones de carácter social, institucional, económico y cultural que vaya a mayores niveles de realización en ese ideal”. Concordó en que el análisis de las situaciones de vida concreta en lo personal, familiar, social y el posicionamiento y acción en un sentido social renovador serían condiciones fundamentales para avanzar en dicha dirección. En opinión del especialista, resulta indispensable contar con espacios para realizar los proyectos de vida individuales, algo en lo que “actualmente hay muchas limitaciones, por muchas razones”. Deberíamos tener muy claro desde lo social y la dirección del país de la necesidad de construir autonomías personales y colectivas, pues “todo lo que sea el establecimiento de un orden represor con relación a normas impositivas demasiado coactivas son contraproducentes al desarrollo humano”, apuntó.

Por su parte, Prieto se refirió a la crisis civilizatoria que caracteriza al mundo contemporáneo, un fenómeno del cual, dijo, Cuba no escapa. Y advirtió que “hoy hay muchas menos ideas orientadoras que hace 20 años”. En este sentido, se refirió a uno de los principales fetiches de la cultura noratlántica “tener cada vez más y más nuevo”, donde se asocia la felicidad a modelos de consumo. Más adelante, el ensayista reconoció que “lo que más me molesta hoy en Cuba no es tanto la incertidumbre respecto al futuro como el desgaste que permea todas las estructuras, lo cual conspira contra la felicidad”. “El desgaste sigue ahí, como el dinosaurio de (escritor hondureño Augusto, 1921-2003) Monterroso. Es un desgaste superpuesto con una crisis institucional y existencial”, añadió.

Calviño manifestó que la felicidad no puede ser analizada desde una perspectiva unidireccional, pues depende de las experiencias, valores humanos, sentimientos, “es episódica, no es de naturaleza racional”.

Sostuvo que “la vida cotidiana del cubano de hoy es extremadamente rigurosa”, pero a la vez consideró “interesante que en múltiples vocaciones religiosas y filosóficas, la felicidad está en el ejercicio de la superación de los rigores de la vida”. A su juicio, la población local tiene su mayor virtud precisamente en su mayor defecto. “Como sujetos concretos de una nación siempre salimos adelante, somos tremendamente resilientes, siempre buscamos una solución. Pero es un gran defecto porque a todo lo que se le busca la vuelta, la salida, se deja en el mismo lugar, no se transforma ni se cambia”, argumentó.

Desde el público se suscitaron preguntas y observaciones como la del periodista Félix Sautié Mederos, para quien “la felicidad tiene una relación directamente proporcional con los objetivos y las razones de vivir”.

Julio Norberto, un joven reportero de la publicación católica Vida cristiana, confesó que pertenece a “una generación en la cual la felicidad es bastante abstracta”.

“El 75 por ciento de mis amigos que terminaron la carrera no se encuentran en Cuba. En mi grupo de la iglesia, el porcentaje es mayor. Parece que uno de los primeros objetivos o una de las cosas que marca la felicidad de mi generación es irse del país”, subrayó. A propósito, sostuvo que las nuevas generaciones necesitan soñar, contar con herramientas para ver cómo salen adelante. Pero en la Cuba de hoy, agregó, los jóvenes graduados “no vemos realización en el ejercicio de nuestras profesiones, porque un sueño tiene que ser más que comer y vestirse. Debe haber otro tipo de cosas”.


Al cierre del encuentro, Calviño sentenció que debe dejarse el lastre del desaliento, de la maleficencia, de las experiencias negativas. “La felicidad es su búsqueda. El llegar está en el andar. Creo que hay un don primario en todo ser humano: nacimos para construir la felicidad, para ser felices, porque el único modo de triunfar en la vida es sentir que vivir vale la pena”, concluyó, en el estilo de su programa televisivo.
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4 de octubre de 2017

Cuando se rompen los diques

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Por Boris Milián Díaz

Uno pudiera preguntarse qué es la normalidad tras ver el cuadro de devastación que dejó Irma a su paso.

Para la mayoría de los cubanos, relacionados con ese tipo de fenómenos por idiosincrasia de la geografía, los preparativos se limitan a la acumulación de víveres dejando en manos de las autoridades todo lo relativo a la seguridad de las personas e inmuebles. Ha sido así durante los últimos cincuenta y ocho años sin que hubiera grandes pérdidas de vidas humanas. Desde el día anterior -y previendo la llegada del Huracán al Ocidente- las tiendas se vieron abarrotadas por la mañana y, para cuando llegó la noche, todo era una cuestión de espera resignada y hasta divertida. Era otro viernes más con la única diferencia de que presuponía el cierre del fin de semana.

Tres días después las condiciones climatológicas habían vuelto a la normalidad dejando -a plena luz del día- un panorama desolador: las calles cubiertas de escombros, hojas, ramas y árboles arrancados de raíz. Desde el día anterior se habían ido acumulando en las esquinas a la espera de los trabajadores de Comunales. Muchos lugares continuaban entonces sin electricidad y, otros más, sin agua. La zona de la Vía Blanca quedó completamente obstruida en varios tramos y el túnel de la Habana inundado. Desde el primer momento se decantó en las autoridades locales las tareas de recuperación de los daños alegando la extensión de los mismos.

Los sucesos, en el margen de una semana, dan una clara idea de la normalidad que subyace debajo del día a día. En Santo Suárez, municipio de Diez de Octubre, toda una protesta popular a tres días sin luz o agua -que conllevó a un tímido intento de represión- y que fue acallado al restablecer los servicios. En Guanabacoa un grupo de mujeres de un asentamiento periférico se presentó con sus hijos en los portales de la Sede del Poder Popular pues, en ese momento, ni siquiera tenían comida para darles además de que no contaban con atención médica mientras entre los observadores se comentaba la carencia de medicamentos en los Policlínicos, el intento de huelga por parte de los trabajadores de comunales -interrumpida por un contingente de las EJT- y los asaltos en el reparto Chivás que estuvo apagado durante varios días y bloqueado para el tráfico. Santa Fe, en Playa, el viernes todavía se encontraba a oscuras.


La realidad parece estar volviendo a sus cauces y -mientras el estado se prepara a enjuiciar a aquellos que han medrado con la miseria de los otros- uno pudiera llegar a la conclusión de que no ha sucedido nada extraordinario. Desde los destrozos hasta la incapacidad para reponerlos son parte de la misma normalidad que hemos venido fraguando durante años tan sólo que la misma se ha cristalizado en un espacio muy corto de tiempo en su totalidad. Ya, sencillamente, no podemos rehuirla.
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Donde falta un gobierno

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Por Eduardo Pérez Otaño

Rosita donó a los afectados por el terremoto. Nadie se lo pidió. Llegó al centro de acopio sin anuncios ni proclamas. Hubo quienes le ofrecieron ayuda de inmediato pero ella se negó. Cierto que la necesita: vive sola y su esposo encamado no puede trabajar. No tiene hijos que se ocupen de ella. Nadie sabe tampoco cuánto caminó para llegar. Dejó todo lo que tiene: ropa desgastada por el uso, cinco pesos, oraciones por los necesitados…

Miles de ciudadanos han firmado desde el siete de septiembre una petición al Senado de la República: que los partidos políticos donen parte del dinero que les ha sido asignado para las elecciones de 2018. Veinticinco mil millones de pesos mexicanos serán destinados a las campañas políticas, el presupuesto más alto en la historia del país. Los diputados se niegan a entregar los fondos: es ilegal, dicen unos; no hay tiempo para reformar la ley, aseguran otros. Cuando Andrés Manuel López Obrador, líder del partido MORENA confirmó que donarían el 25% de los fondos asignados a su organización, lo tildaron de oportunista.

Dos caras de una compleja realidad. La solidaridad de la gente en oposición a la gestión de un gobierno inoperante en situaciones como esta. A los centros de ayuda para damnificados llegan cada día miles de toneladas de alimentos, agua, ropa. Trasladan los donativos en autos propios, lo distribuyen con sus manos. No confían en el gobierno.

Se han establecido redes ciudadanas para gestionar la ayuda popular. En la web se comparten decenas de videos donde se muestra cómo efectivos del ejército detienen la ayuda destinada a los Estados más afectados y la envían a almacenes privados, donde esperan para ser etiquetados con los indicativos del PRI, partido político en el poder, o de algún gobernante estadual.

A diferencia del terremoto de 1985, cuando el gobierno demoró semanas en reaccionar ante la catástrofe que se llevó a miles de vidas, el actual ha salido a la calle desde el primer instante. Aquel sismo, el de hace 32 años, trajo profundas consecuencias políticas y transformó el panorama en México; este es aprovechado sin pérdida de tiempos a sabiendas de que el menor error puede tener consecuencias electorales.

Pero la gente lo sabe y lo dice. En Facebook, Twitter, Youtube o WhatsApp se pasan los mensajes unos a otros. Los medios convierten en espectáculo la tragedia, la mayoría de los políticos buscan los dividendos que les puede ofrecer.

Llegaron a Jojutla, el municipio más afectado de Morelos poco menos de 24 horas después del sismo. Llevaron consigo a todos los medios nacionales y extranjeros que les fue posible. En helicóptero arribaron y así se fueron. Montaron la escena, los abrazos del presidente y sus ministros, los lamentos de la gente, y se marcharon.

Luego fueron manos solidarias las que enviaron agua, comida, ropa, medicamentos y brazos fuertes para mover escombros, levantar el ánimo en medio de tanta destrucción. Alguien grabó entonces cómo el mismo presidente de la República organizaba la escena para grabar el mensaje que minutos después se transmitiría en cadena nacional: ponía de un lado a “voluntarios” de los medios de comunicación, del otro a ministros con cajas llenas de ayuda. Entre risas bromeaba con la poca colaboración de todos en el montaje de la escena.

Cuando las cámaras se encendieron la primera dama lloró. Pidió ayuda, colaboración, donaciones. Envió sus bendiciones a medio país y cumplió su papel. Mientras, en Jojutla, el ejército nacional prohíbe la distribución directa de los donativos, se filtran videos que muestran almacenes repletos mientras la gente solicita la ayuda, se limita el acceso de los voluntarios, se discute en el Congreso Nacional si es legal o no donar el financiamiento de los partidos para la reconstrucción nacional y las grandes corporaciones trasnacionales abren cuentas para que sean los ciudadanos los que donen.

Los nombres de la reconstrucción son muchos. También los rostros. Rosita es una entre millones de ciudadanos conscientes de que solo se logrará lo que con sus manos se forje.
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21 de septiembre de 2017

Tan lejos de Dios

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Por Eduardo Pérez Otaño

Ticuman parece un pueblo fantasma. Imposible no pensar en aquel pasaje en el que Juan Rulfo describe el sombrío lugar donde habría de desarrollarse Pedro Páramo. Silencio y dolor compartido. No hay electricidad. A lo lejos pasan las luces. Son los camiones que llevan los primeros recursos a la ciudad más afectada en el Estado de Morelos por el terremoto de 7.1 grados que afectó al centro de México.

Nadie quiere hablar. Sentados a las afueras de las casas esperan las réplicas que muchos anuncian. Tienen miedo. Se les ve en la mirada el temor a que un nuevo temblor los sorprenda en pleno sueño. Temen a la naturaleza y a Dios.


Uno de los símbolos del pueblo cayó: la cúpula del reloj del ayuntamiento. Casas destruidas, muros, calles afectadas. La impredecible fuerza de la naturaleza se ensañó con esta parte del país de modo descomunal. Pero nadie habla de eso. No hubo decesos y es lo importante. Todos prefieren concentrarse en cómo ayudar en otras regiones donde la muerte no tuvo igual piedad.

La gente se organiza. La solidaridad se multiplica en medio de tanto dolor, de tanto desespero. Se acopia comida, agua, medicamentos, instrumentos para ayudar en la recogida de escombros. Unos parten hacia Jojutla, el municipio más afectado por el sismo de este 19 de septiembre, otros hacia Zacatepec, Tlaquiltenango o Cuautla.

Treinta y dos años después, ha vuelto la tierra a estremecerse. No habían sanado aun las heridas de aquel septiembre de 1985 cuando miles de seres humanos quedaron atrapados bajo los escombros. Aun no se lloraban lo suficiente los muertos del temblor que había arrasado con Chiapas y Oaxaca tres semanas atrás.

En medio del desespero lo peor es el silencio. Nadie habla en voz alta como otros días. Nadie ríe entre la multitud con algún chiste picante. Parece otro pueblo, otra gente. En el silencio se comparte más que el dolor.

En los grandes medios nadie habla de Ticumán. Hasta hace algunas horas se hablaba poco de Jojutla, Tlaquitenango, Cuautla… En este fin del mundo ha habido que esperar más de veinticuatro horas para que las autoridades se hicieran presente y trajeran consigo las cámaras, los micrófonos, los ojos del país.


México es fuerte; lo saben todos. Pero aun así llora hoy a sus muertos, llora su destrucción, llora el infortunio de estar tan lejos de Dios.
En el Ayuntamiento aún ondean las banderas con las que se celebró el Grito de Independencia

El movimiento telúrico sorprendió a este pueblo de Morelos

La reconstrucción puede tardar años, aseguran las autoridades

Casas, muros, escuelas, iglesias... destrucción y silencio
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19 de septiembre de 2017

Qué puede ofrecerle a Cuba el marxismo

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Imagen tomada de http://civilizacionsocialista.blogspot.mx/

Por Lic. Yassel A. Padrón Kunakbaeva

Según la Constitución de nuestro país, el marxismo-leninismo constituye, junto al pensamiento martiano, uno de los pilares ideológicos de la nación. Sin embargo, es posible constatar el estado lamentable en que se encuentra el marxismo cubano. Más allá de que continúe estando presente, de manera obligatoria, en los planes de estudio de todas las carreras universitarias, o de que exista una referencia permanente al socialismo en la propaganda oficial, lo cierto es que gran parte del mensaje marxista se encuentra olvidado, entregado a la furia de las polillas. Los sellitos con la imagen de Marx y Lenin son vendidos a los turistas en CUC, como una sutil muestra de que para los cubanos el marxismo no es más que parte de un pasado nostálgico y technicolor.

Desde un punto de vista académico, el marxismo comparte el escenario con las diferentes ciencias sociales, el derecho, la sociología, la historia, la filología, etc. Comparten el escenario, pero es como si existieran en dos realidades paralelas. Las diferentes ciencias sociales llevan un curso propio, de espaldas por completo al marxismo, tratándolo como una pieza de museo, o como una doctrina política obtusa. Los más dialogantes se contentan con afirmar que el marxismo tuvo un papel muy influyente en el surgimiento y desarrollo de las ciencias sociales, pero que estas hace mucho tiempo lo han dejado atrás. Esta posición de superioridad, que adoptan los exponentes de las ciencias sociales cubanas, es uno de los elementos que pueden distinguirse, por ejemplo, en proyectos como el de Cubaposible. No se trata de que dichas disciplinas sean de por sí reaccionarias: por el contrario, cada una de ellas es un campo de batalla. De lo que se trata es de una total subestimación del marxismo.

El campo marxista, por otro lado, no ha hecho mucho para sacudirse esos estigmas. Dicha sea la verdad: en Cuba se ha entronizado una versión dogmática del marxismo (marxismo-leninismo), cuyas limitaciones son conocidas en el mundo desde antes de 1959. Han existido significativas excepciones, pero la mayor parte de los que se dedican a la enseñanza del marxismo no lo hacen con la calidad necesaria.

La pregunta que debemos hacernos es la siguiente: ¿De qué nos sirve el marxismo? Si se diera el caso que no nos sirve para nada, lo mejor sería dejar de gastar recursos en su enseñanza. No tiene ningún sentido insistir en esa formalidad solo porque Cuba es, supuestamente, un país socialista. Solo las mentes dogmáticas se aferran a ese arquetipo del pasado, mientras que la práctica ha demostrado que la mayor parte de las ideas marxistas están arrojadas al olvido. En la Cuba actual, ni siquiera el discurso oficial “socialista” recurre a los fatigosos razonamientos de El Capital.

Sin embargo, este estado de muerte en vida en el que se encuentra el marxismo cubano en el presente resulta engañoso acerca del papel que podría jugar en una realidad futura. Existe la tendencia a considerar al marxismo como una parte del problema, mientras que en realidad podría ser una parte de la solución. Para que ello fuese así sería necesario, no obstante, un reencuentro de los cubanos con esa corriente de pensamiento. El marxismo, después de todo, a pesar del descrédito a que ha sido sometido, conserva dos cualidades que lo hacen insustituible: en primer lugar, es un cuerpo teórico que analiza la realidad en su totalidad, a diferencia de las diversas ciencias sociales; en segundo lugar, es una forma de pensamiento comprometida con la emancipación humana.

En primer lugar, el marxismo nos puede ayudar porque ya es una parte fundamental de nuestra historia. La identidad nacional cubana incluye el concepto de una patria socialista, de los humildes, con los humildes y para los humildes. Uno de los principales problemas a los que se enfrenta la cultura cubana es al hecho de que el nacionalismo cubano está perdiendo ese lado socialista, que se forjó a lo largo de las luchas del siglo XX. Algunos celebran este hecho como un reencuentro con la verdadera “cubanía” desideologizada, que consiste sobre todo en tabaco, ron y palmeras. Sin embargo, lo cierto es que sin la luz marxista, que le da unas dimensiones y unas perspectivas amplias al proyecto de la nación cubana, haciendo que esta se autocomprenda como parte de un movimiento universal, el nacionalismo cubano se transforma en algo limitado, estrecho e incluso peligroso.

El marxismo puede servir para poner entre paréntesis y entender qué es el nacionalismo: un ideal alrededor del cual se organiza una colectividad humana. Se trata de un fenómeno necesario en esta fase histórica, algo muy necesario para que un pueblo pueda sobrevivir a los desafíos que se le presentan, pero no de algo absoluto o sustancial. Con ayuda de Marx, podemos entender que la nación y la patria son algo efímero, mientras que el impulso hacia la libertad existirá mientras exista el ser humano. Del mismo modo, el marxismo nos puede ayudar a comprender que lo fundamental no es la defensa de la nación sino qué clase de hegemonía se despliega en dicha nación: una hegemonía burguesa o una hegemonía socialista.

Si quisiéramos hablar en el lenguaje de los viejos manuales diríamos que lo importante es saber qué clase social posee el poder. Sin embargo, no tenemos por qué hablar en el lenguaje de los viejos manuales. El marxismo, aunque sus enemigos se nieguen a reconocerlo, no se quedó en el siglo XIX. Existe toda una trayectoria fructífera del marxismo en el siglo XX, con nombres como los de Gramsci, Lukács, Bloch, y los miembros de la Escuela de Frankfurt, Adorno, Horkheimer, Marcuse, Benjamin, Fromm, y muchos otros. Este otro marxismo, que algunos han querido desprestigiar con el agregado de “occidental”, puede brindarle a los cubanos un servicio inestimable en dos aspectos, el psicológico y el práctico.

Cuba necesita del marxismo, entre otras razones, porque como país se encuentra al borde de una ruptura abrupta de la continuidad histórica. Si en Cuba mañana se abandonara lo que queda del proyecto socialista, así sin más –lo cual es perfectamente posible-, nos quedaríamos con el trauma de un pasado allí, gigantesco y socialista, regresando una y otra vez para castigarnos. Es por eso que si se pudiera, de la mano de una renovación del marxismo cubano, avanzar hacia el futuro que el país necesita, ello nos ahorraría muchos traumas nacionales de consecuencias impredecibles.

Existen, hoy en día, muchos conflictos que nos atormentan como sociedad. Por ejemplo, está el problema de la propiedad privada y el mercado, los llamados injertos de capitalismo dentro del socialismo. Una parte de la sociedad apoya el desarrollo del cuentapropismo, algunos con la esperanza de una mejora económica personal o colectiva, otros porque laboran activamente hacia el surgimiento de un “nuevo mundo” que no es más que el de la hegemonía burguesa. Otra parte de la sociedad, que podemos llamar de un modo formal la izquierda, se preocupa con la posibilidad de que el capitalismo regrese a Cuba y se opone de un modo u otro a los cambios. Pues bien, recurriendo al acervo teórico del marxismo podemos comprender que se trata aquí de una falsa alternativa.

A partir de la obra de Lukács, Historia y Conciencia de Clase, se ha comprendido al capitalismo no solo como un problema de la crítica de la economía política, sino también y sobre todo como un asunto que afecta a los modos de racionalidad que predominan en la sociedad moderna. Lukács puso de relieve la existencia de la cosificación como un fenómeno espiritual fundamental de la sociedad burguesa. Según él, este fenómeno no afectaba a ninguna clase social en particular, sino a la totalidad, tanto a la burguesía como al proletariado. Del mismo modo, demostró que la subjetividad revolucionaria surge como un producto natural de dicha sociedad, a partir de las propias contradicciones del capitalismo.

A esto es necesario añadirle los resultados de Marcuse en sus estudios de mediados del siglo XX sobre las sociedades industriales. Marcuse constató el hecho de que la sociedad burguesa contemporánea ha superado la contradicción entre capital y trabajo, desde el momento en que el proletariado de los países centrales ha sido integrado a los beneficios de la extracción universal de plusvalía. Dicho en términos gramscianos, la hegemonía burguesa fue capaz de disolver en gran medida a sus mayores adversarios. El resultado es un mundo como el actual, en el que la masa de los que son explotados consume la propia cultura de los explotadores, aunque sea de un modo virtual.

No existe, en el mundo contemporáneo, más que una gigantesca sociedad burguesa global, cuyo reflejo ideológico es el dominio de la racionalidad instrumental cosificante. Esta sociedad, sin embargo, no puede evitar el desarrollo de la subjetividad y las ansias de emancipación, pues ellas son un resultado inevitable de la cultura burguesa. La propia cultura burguesa lleva más allá de sí misma.

Apoyados en un marxismo actualizado, los cubanos podríamos quizás ver el mundo tal y como este es: un mundo en el que ha desaparecido la posibilidad de destruir el capitalismo a través de una revolución proletaria, un mundo en el que solo existe la cultura burguesa y aquellas pequeñas culturas que se le resisten, pero que son incapaces de erigirse en una alternativa. En estas circunstancias, un proyecto de socialismo en un solo país, con una economía planificada al estilo soviético, estaría condenado al fracaso, al no poder competir con el desarrollo de las fuerzas productivas a escala global. Lo cual no quiere decir, sin embargo, que los proyectos socialistas sean imposibles en este mundo.

Es por ello que Cuba no tiene que elegir entre las dos variantes que vimos antes: la única forma de sobrevivir es incorporándose en algún grado a la economía capitalista mundial. El proyecto socialista no puede tener una mentalidad defensiva, tiene que ser expansivo o está condenado al fracaso. Por otro lado, la existencia de elementos de burguesía dentro de Cuba no tiene necesariamente que hundir a esta en el “pantano capitalista”, por la sencilla razón de que todas las sociedades de este planeta ya viven dentro del capitalismo (con la excepción de los pueblos aborígenes no contactados, tal vez), incluida Cuba. La existencia de los valores burgueses en Cuba no tiene por qué derrotar al proyecto socialista cubano, ya que el socialismo tiene sus raíces en los valores burgueses. La existencia de acumulación de capital no tiene por qué generar una crisis social, ya que sus efectos negativos pueden ser contrarrestados por la intervención del estado y por la existencia de otras formas de economía social.

Puede haber en Cuba una conjunción de economía capitalista y proyecto de nación socialista. Un marxismo actualizado nos podría salvar de caer en la trampa de un anticapitalismo romántico y suicida. No es necesario oponer de un modo abstracto la cultura burguesa y la cultura socialista, tal y como se ha hecho habitual en ciertos medios. Por el contrario, el proyecto de hegemonía socialista debería apropiarse de todas las tradiciones liberadoras y enriquecedoras de la cultura occidental. Debería, además, crecer en medio de la cultura burguesa universal como una rara flor, nunca garantizada, como una semilla de un futuro y todavía lejano nuevo modo de producción.


Son muchas las luces que el marxismo puede ofrecerle todavía a los cubanos. No tenemos por qué seguir hojeando manuales de marxismo-leninismo cuando podemos lanzarnos al estudio de los grandes marxistas del siglo pasado y de este. Cuba, como uno de los pocos países en “transición al socialismo”, un sitio en el que fue derrocada la hegemonía burguesa hace casi sesenta años, podría sacarle más provecho que nadie a esa tradición acumulada.
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29 de agosto de 2017

Retrato de un hombre que duerme

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Por Karina Marrón
Tomado del blog Espacio Libre
Él duerme y ella juega a cuidar su sueño.
Juega, digo yo, porque en realidad lo que le gustaría es despertarlo.
Despertarlo y llenarlo de besos y caricias que le roben esa pesadez a sus ojos; despertarlo y que no haya descanso para el cuerpo.
Cuidar su sueño es entonces el juego que la ayuda a alejar esos deseos, a olvidar el tiempo que falta para que amanezca.
Y la distancia.
Hay una distancia enorme entre alguien que duerme y alguien que está en vela, porque quien duerme se marcha a otro mundo por breves instantes; un mundo inventado con fragmentos de pasado, con pasajes de futuro, un mundo hecho de sí mismo y de las más impensables fantasías. Un mundo impenetrable para quien está despierto y se pregunta, mientras mira el rostro sereno que duerme, con qué o con quién estará soñando.

Él duerme y ella solo desea que pasen las horas. Que él despierte. Y que comience, al fin, la vida.
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26 de agosto de 2017

Lectura de la semana: Cuba en el siglo XXI: Hacia un nuevo modelo de desarrollo socialista (+pdf)

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Imagen tomada de m.noticias.bol.uol.com.br
En los inicios del debate sobre el socialismo en las condiciones históricas del siglo XXI, las valoraciones sobre nuestro proceso revolucionario generalmente expresaban respeto hacia su pueblo y líder máximo, admiración por su ejemplo de resistencia y lucha consecuente, amplio reconocimiento a los logros alcanzados en las esferas de educación, salud, cultura, deportes, defensa civil y otras, así como a su invariable práctica de la solidaridad en el plano internacional.
Pero, según fue avanzando la polémica, se fortaleció e hizo más explícita una tendencia que, de forma velada o abierta, identificaba la realidad cubana como un remanente del “socialismo real”, no compatible con las nuevas visiones de lucha que se forjan; un referente ineludible, pero no suficientemente atractivo y útil; un proyecto tan singular, que se torna impracticable en las nuevas condiciones históricas; una experiencia llena de propuestas no siempre bien conocidas, pero con visibles fracturas que hacen temer por su continuidad.

La letra corta le propone este texto de los investigadores cubanos Jorge Luis Santana Pérez, Concepción Nieves Ayús y Dania Leyva Creagh, publicado por la editorial fiolosofi@.cu.


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24 de agosto de 2017

La impunidad

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Imagen tomada de Hoy digital

Por René Fidel González García

¿quién podría
ser libre en un lugar en el que
el capricho de cada hombre
pudiera dominar sobre el
vecino?
Locke

Hace ya unos meses atrás visité una dependencia del Consejo de Estado de la República de Cuba y vi con asombro cientos de cartas allí depositadas, también el interminable goteo de personas que llegaba a entregarlas personalmente. Algunas de las misivas estaban con los matasellos aún húmedos, otras denotaban en los sobres las evidencias de travesías postales acaso más escabrosas.

Me conmovió de inmediato que el contenido de la mayoría de las cartas que estaban allí abiertas, en lo que parecía ser un ríspido intento de pre clasificación realizado por silentes y diligentes funcionarias, estaba manuscrito en una impresionante multitud de caligrafías y colores, y no en los negros tipos de las impresoras que hoy pululan en centros de trabajo y no pocos hogares cubanos, pensé: el país se queja, pero la evidencia de aquella huella escritural de la antropológica política de nuestros tiempos me llevó a responderme: es tan solo la letra del pueblo, y casi de inmediato, por esos tirones que da la conciencia de la existencia del otro, me vino a la mente un vecino de cualquier parte del país escribiéndole sudoroso y dispuesto a su Presidente, como si su carta y cada rasgo trazado sin el pudor de la mala ortografía, fuere adarga suficiente para poner de rodillas a algún poderoso gigante.

En casa de mis padres alguna vez noté que a Hugo Chávez, en los lugares y oportunidades más insólitas, muchas personas – en ocasiones hasta infantes que por su edad no podían escribir –  se le acercaban y le entregaban misivas que éste recogía y guardaba, o entregaba a algunos de sus ayudantes, también que eran gente, por su apariencia, casi siempre muy humilde. Recuerdo que mi padre me respondió en esa oportunidad, mientras le comentaba el problema de seguridad que aquello podía significar para un hombre que atrajo suficiente odio de sus enemigos, que al principio de la Revolución, cuando nuestras instituciones no se habían desarrollado lo suficiente, así pasaba con Fidel y con muchos de los dirigentes que en aquel entonces caminaban por nuestras calles. 

La palabra queja no tiene, por lo menos en la Constitución cubana, por lo menos para los constitucionalistas cubanos, una connotación peyorativa, no puede tenerla: es un derecho ciudadano, como lo son otros que proclama, reconoce y pretende garantizar el texto de nuestra carta magna.

Recibirlas, así como a las peticiones que hagan los ciudadanos, es para cualquier organismo del Estado cubano y los funcionarios que en ellos trabajan para el bien común de la población una obligación, tanto como tramitarlas, investigarlas, darle atención y respuestas pertinentes y en un plazo adecuado, pero no pocas veces son también la última esperanza de quienes reivindican la razón y la justicia.

Muy pocas veces reparamos en ello, pero cuando nuestro pueblo envía sus quejas y peticiones a las instituciones públicas, ya sean gubernamentales o políticas, no es solicitando favores y prebendas, beneficios y privilegios personales, es casi siempre, por el contrario, apelando a encontrar la justicia que le han negado la arbitrariedad y la insensibilidad, el oportunismo, la abulia y la indiferencia de quienes deberían servirle. Esa apelación es también una denuncia.

En esa actitud insatisfecha e irreductible, en esa cultura de la inconformidad y de la búsqueda y consecución de la justicia que todavía integra el patrimonio ético de los ciudadanos cubanos, más allá del duro peaje que no pocas veces ha pagado – y paga –  en su vida cotidiana a quienes han hecho del ejercicio de funciones públicas un zoológico de sus dogmas, caprichos e ineptitudes, descansa parte del espíritu que levantó y sostuvo a la Revolución en Cuba hasta hoy como una lógica extraordinaria nacida del pensamiento popular para hacer, por lo menos desde esa perspectiva, del Estado y de la política, por primera vez, los instrumentos esenciales de la transformación de su realidad.

El lado oscuro de todo esto puede ser, sin embargo, un correlato de la impunidad. No es éste un tema escabroso y difícil de abordar, como no lo es ninguno. La impunidad es sobre todo un enorme fracaso a costa de nosotros mismos, que muchas veces confundimos como una consecuencia.

Nacida de prácticas antisociales y marginales aprendidas o validadas por el éxito obtenido en algún momento de la historia de vida de sus actores, cuando encuentra acomodo y ocasión en cualquier estructura social alcanza entonces su máxima expresión, ésta vez como una deformación del poder político público, opuesta, por su propia naturaleza a la cultura ciudadana, a la eficacia del Derecho y de las leyes y a la sociedad en su conjunto, a la que, por eso mismo, intentará defraudar siempre en su zona más sensible: los valores.

No disponemos de datos suyos en nuestras estadísticas públicas, y muy probablemente no sea  un problema y un área de investigación de nuestras ciencias sociales, puede que porque identificarla como tal, e investigarla, acaso parezca una contradicción demasiado grande, demasiada amarga, con nuestras aspiraciones y concreciones como proyecto político. En cambio, desde cualquier punto de vista, su importancia como fenómeno es inobjetable, su existencia innegable.

Bastaría recordar los casos presentes en nuestra memoria histórica en que sus actores disfrutaron de ella por demasiado tiempo para por lo menos intentar meditar en sus peligros y las condiciones que la propician, y su enorme capacidad para viciar insidiosamente el funcionamiento de cualquier diseño de institucionalidad previsto a través de las relaciones endogámicas y las invisibles alianzas y redes de solidaridad que se producen entre funcionarios al interior de la ecología de las instituciones. Es sencillo: la impunidad conduce a la corrupción política.

Esa es una memoria colectiva que se inicia en la saga de crímenes, atropellos y violaciones cometidos a lo largo de tres siglos coloniales y se extiende íntegramente a la experiencia de nuestro primer ensayo republicano como un poderoso recordatorio de hasta qué punto la impunidad puede volverse un patrón de éxito y la coartada para hacer de la vileza y la ruindad, lo abyecto y abominable el método confiable para alcanzarlo; también de los nichos que le proporciona el irrespeto al otro, la ambición y el individualismo cuando la ausencia de transparencia, la acumulación de facultades discrecionales y el monopolio de la toma de decisiones públicas caracterizan el funcionamiento de las instituciones.

La impunidad necesita, se vale, del silencio tanto como del poder, aunque siempre tenga hambre de más poder. Si lo primero es su medio de acción, un recurso por excelencia para flanquear el civismo, la decencia, el sentido y el bien común, lo segundo lo necesita para distorsionar y oscurecer la realidad, para violar, atenuar, interpretar, o crear excepciones y pretextos a las normas sociales y jurídicas que burla, o que usa y crea selectivamente, también para conseguir el manto de la complicidad colectiva que le urge siempre, para abrumar, anonadar, aislar y perseguir a quienes le identifiquen y resistan.

Conspira igualmente para desterrar la noción de empatía y la tolerancia de la política, desprecia la igualdad y la demoniza, intenta desactivarla para legitimar la noción de la diferencia – y de la naturalidad e inevitabilidad de la diferenciación social, política y económica –  mediante la creación de los estatus y – discretos –  privilegios asociados a las funciones públicas.

La impunidades una suerte de santo grial del abuso de autoridad, y por eso  intenta pervertir los principios y la ética, para hacerlo los condiciona y favorece su aplicación circunstancial y casuística. Creará y entronizará de antemano zonas de justificación, discursos sociales de desmovilización y desidia en los que el control popular y la rendición de cuentas, la crítica y la posibilidad de la auténtica interpelación pública se vuelva una mascarada, un ritual dentro de estrategias comunicativas tan inertes y huecas como complacientes cajas de resonancia, o algo irreverente, inconveniente y contrario al orden, e incluso al ideal de  “cordura” y  “madurez” que postula como currículo de sus más aventajados alumnos.

Busca el agotamiento y el desistimiento para encubrir su ocurrencia, para acallar y descalificar su denuncia endilga generosamente calificativos de “resentidos” o “criteriosos”, pero cuando se siente amenazada suele mostrar su rostro más vulgar y soberbio, grotesco, o intentar confundir sus intereses y necesidades con los de todos, con los tuyo y el mío, o con los de la sociedad y la política, o con la ideología, es su forma de crear el control social que le evita exponerse. Su escudería tiene tallada una divisa absurda y surrealista – como apuntaran hace poco tiempo dos compañeros – pero muy eficiente: “mientras más pública y evidente sea la impunidad en más impunidad resultará”.

El retrato de la impunidad es de seguro incompleto sin el de los que la practican y buscan desesperadamente. Uno sencillo, típicamente minimalista, los podría describir así: “personas pequeñas, cobardes, oscuras y tristes, que tienen plena conciencia de lo anterior porque perciben la dignidad, la integridad y la decencia que les es ajena e incomprensible”. Aún así, en nuestro caso, ese retrato tendría una nota al pie descomunal y precisa para un estudio más ambicioso: “no son revolucionarios”, porque para serlo hay que ser primero y ante todo, como decían nuestros abuelos, buenas personas.


Deberíamos tomar nota de ello en Cuba, ahora que nuevas generaciones de funcionarios y representantes en todos los niveles de lo gubernamental y lo político, electos o no, adquieren, o se aprestan a adquirir una responsabilidad – cada vez más enorme con nosotros –  que siempre estuvo limitada por la presencia de una generación anterior de revolucionarios cubanos; ahora que parece que la reforma constitucional pasará muy lejos de asumir integral y decididamente el  reto de construir con urgencia el Estado y la cultura de Derecho que en libertades, garantías e institucionalidad nos hace falta para completar y preservar los esfuerzos y sacrificios de nuestros abuelos, padres y hermanos, no sea que mañana, esos mismos que ahora sueñan inconfesablemente con convertir un Estado poderoso y desarrollado como el nuestro en un parque de diversiones de sus intereses y caprichos, crean que puedan quitarnos la sonrisa, esa misma alegría que les asusta e insulta y que aborrecen porque no saben entenderla, o quizás tan solo, porque le falta amor, y lo saben. (Publicado en www.rebelion.org)
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19 de agosto de 2017

Lectura de la semana: Feminismo y socialismo. Palabras malditas (+pdf)

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El debate sobre la relación del feminismo y el socialismo sigue siendo una deuda pendiente del pensamiento social-crítico latinoamericano. Este no es un debate conceptual, es un debate sobre los significados reales y concretos de las experiencias prácticas socialistas actuales y en este sentido el movimiento feminista y de mujeres latinoamericanas aportan mucho. Las interrogantes teóricas y prácticas siguen en pie: ¿cómo hacer más social, justo y humano la producción y reproducción de la vida? ¿Cómo construir poderes compartidos que enfrenten la exclusión, la corrupción, la burocracia y el autoritarismo? ¿Cuáles son las formas más efectivas de democracia participativa y protagónica con tiempos y espacios para mujeres y hombres? ¿Qué proyecto socialista nos convoca a cuidar y proteger la vida colectivamente?

La letra corta le propone este texto de la investigadora cubana Georgina Alfonso González, publicado por la editorial fiolosofi@.cu.


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18 de agosto de 2017

La historia de Pedro

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Imagen: Laura Barrera Jerez
Por Eduardo Pérez Otaño

La mañana en que los hombres de Batista andaban por todas partes, estaba sentado al costado del Payret, limpiando botas. Su color y su progenie no le habían permitido llegar a más. Su madre, una negra descendiente de haitianos emigrados, apenas pudo enseñarle a escribir su nombre: Pedro Remigio, sin más apellido ni abolengo.

-La gente no quería más jodedera ni más lío. Cuando empezaron a decir que Batista había asaltado el Palacio mi madre, que en paz descanse, encendió una vela a la virgen de Regla. “¡Eso no traerá ná bueno, mijo!”, me dijo. Y así fue.

Con sus 14 años bien cumplidos cargaba con su caja, unas latas de betún y el cepillo. Donde podía plantaba y ahí mismo procuraba lucharse lo del día, que apenas le alcanzó para alimentar a la vieja, ya enferma de tanta pobreza.

El otro día que recuerda fue cuando La Habana se llenó de gente dando gritos y abrazándose. Otros cerraban las puertas y ventanas, recogían sus cosas y se escondían de lo que venía.

-Ahí mi madre, ya medio ciega, dando tumbos llegó hasta donde estaba la misma virgencita de Regla y le prendió otra vela. “¡Eso traerá cosas buenas, mijo!”.

Eran los primeros días de enero del año cincuenta y nueve. Y entre tanta revoltura por todas partes, Pedro procuraba no faltar a las labores del puerto. Hacía meses que lo contrataban si le necesitaban. Cargaba sacos o lo que hubiera que cargar, mientras en las noches se hacía planes, “por si las cosas mejoran”.

Ya con 21 años malvividos se vio en medio de una tormenta. Y cuando las aguas se comenzaron a calmar se metió en eso de las milicias, “pa ver si pagaban, aunque sea un poco”. Luego lo colaron en la Facultad Obrero Campesina y no salió hasta el día en que pudo escribir su nombre con todas las letras.

-Mamá murió ciega y sin mente, pero feliz. Yo creo que murió feliz de que ya no tuviera que limpiar zapatos ni cargar como esclavo.

Lo conocí un día de esos en que parece que no sucederá nada importante. Sentado en el malecón, con la mirada perdida en la infinitud del mar, esperando algo de vuelta.

-Esto es una promesa que le hice a la virgencita de Regla, ¿sabes? Le prometí que vendría todas las tardes para estar cerca del mar, hasta que regrese Pedrito de Haití. Lo mandaron para allá el año pasado.


Ya de vuelta a casa, con sus casi ochenta años, el viejo Pedro pasa frente a la virgencita que fuera de su madre y enciende la vela porque no le gusta dejarla a oscuras. No mientras su hijo, médico intensivista de la Henry Reeve, esté en tierra desconocida. Al lado de la efigie conserva la caja que usaba como limpiabotas y más arriba el título de médico de su hijo: tres medallas a la obra de su vida.
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16 de agosto de 2017

Las cinco leyes sobre la Alfabetización mediática e Informacional (MIL) de la UNESCO

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Por Juan Antonio García Borrero

Gracias a la intelectual camagüeyana María Antonia Borroto Trujillo, puedo compartir este gráfico publicado por la UNESCO en su sitio oficial, y comentado en el blog Universo Abierto.
Como hemos repetido en varias ocasiones, el proceso de Informatización de la sociedad cubana debe ir acompañado de un cuerpo de ideas donde se enriquezca el desarrollo tecnológico con el perfil humanista que debería perseguirse en la sociedad.
Lamentablemente, el debate sistemático y actualización teórica que necesitamos no se ha impulsado todavía. Y muchas veces vemos cómo acciones muy nobles terminan empantanadas en el círculo vicioso de un consumo de contenidos o prácticas culturales que, lejos de estimular el aprendizaje y la creatividad, transforman al usuario de la tecnología en simple consumidor.
Me complace advertir que buena parte de lo que la UNESCO suscribe ya está contemplado en ese conjunto de acciones y escritos que existen a propósito del Proyecto “El Callejón de los Milagros” de Camagüey. Los dos Encuentros sobre Cultura Audiovisual y Tecnologías Digitales que se han celebrado, las Cibertertulias celebradas los últimos jueves de cada mes, así como los contenidos que se pueden descargar gratuitamente del Portal del mismo nombre, arrojan ahora mismo un voluminoso cuerpo de reflexiones, debates, estrategias.
El problema estaría en la escasa visibilidad que todavía tiene el Proyecto en el seno de la comunidad camagüeyana. No hemos logrado aún que la radio y la televisión agramontinas (oídos y bocas de la ciudad camagüeyana) se hagan ecos de lo que allí se proyecta (de nada vale que el periódico Granma elogie el Proyecto si acá no ponemos al tanto a nuestra gente de lo que pasa allí). Tampoco Educación ha podido integrarse de un modo natural. Ni los diversos aliados estratégicos (Etecsa, Joven Club, Universidad) aportan de manera sistemática.
Como bien se apunta por la UNESCO:
La alfabetización mediática e informacional no se adquiere de manera inmediata, es un proceso vivo y una experiencia dinámica”.

A diferencia de los que creen que en Cuba la informatización ahora mismo tendría que partir de cero, pienso que dentro de la isla se ha avanzado muchísimo. Donde sí estamos en pañales es en la construcción de una “cultura de la informatización”. Una cultura que nos permita aprovechar mucho mejor lo que tenemos, y que ponga en el camino del crecimiento sostenible todo ese talento y esa tecnología que existe dentro de la isla.
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¿Cree usted que luego de las Elecciones Generales de 2018 en Cuba, se den cambios sustanciales?

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